Saturday, October 24, 2015

Dos Antígonas

¿Por qué muere Antígona? 

Como Steiner bien escribió: “la Antígona de Sófocles dramatiza la urdimbre de lo íntimo y lo público, de la existencia privada y de la existencia histórica”. La heroína de Sófocles enamoró a generaciones de románticos, quienes se identificaron con la lucha de la joven contra la razón de Estado deshumanizante. En tal conflicto nadie puede ganar, tanto Creonte como Antígona poseen razones de peso: es indiscutible la necesidad de leyes, así como el hecho de que estas no siempre resultarán convenientes; sin embargo, existe un límite para aquello que pueden imponer las instituciones y los dictados del Estado nunca deben impedir aquello que como seres humanos nos debemos los unos a los otros (una sepultura digna, por ejemplo). Parafraseando las líneas finales de la obra Dejadme la esperanza: no puede ser justa una ley que conduzca al suicidio. La diatriba de Estado contra individuo, ley humana contra ley divina, inserta en el mecanismo de la tragedia, finaliza predeciblemente con la desgracia de todos los involucrados.

Mientras que la Antígona de Sófocles muere mártir, quedan mucho menos claros los motivos de aquella que escribiera Anouilh veintiún siglos más tarde. No se trata de una Antígona caída en desgracia; por el contrario, la vida de Antígona parece haber resultado tan bien como pudo haber sido luego de la muerte de Edipo. Ni por un segundo se duda del afecto sincero que le profesan su nana, su hermana Ismena, su prometido Hemón… Hasta se puede intuir un cierto cariño por parte de su tío Creonte, quien muestra hacia  ella una indulgencia que no es posible observar en su trato con ningún otro personaje. Tampoco le mueve el amor hacia Polinices, el hermano que apenas conoció, que pereció por su propia perfidia y cuyo cadáver, descubre, probablemente no sea aquel por el cual sacrifica su futuro.

Por lo tanto, cuando todo insta a Antígona a vivir ¿por qué resuelve Antígona morir? ¿Es Antígona simplemente una caprichosa o una excéntrica?

El propio Creonte articula nuestras dudas. Él mismo se ha colocado en el lugar que le ha tocado, ha tomado el caballo por la brida, la vida, la patria: “Para decir que sí, hay que sudar y arremangarse, tomar la vida con las manos y meterse en ella hasta los codos, Es fácil decir que no, aunque haya que morir. Basta con no moverse y esperar. Esperar para vivir, esperar hasta para que lo maten a uno. Es demasiado cobarde”. “Uno toma el timón, se yergue frente a la montaña de agua, grita una orden y dispara al montón, al primero que dé un paso, ¡al montón!… Era quizás aquel que te había dado fuego, sonriendo, la víspera. Ya no tiene nombre. Y tú tampoco tienes nombre, aferrado a la caña del timón. Solo el barco tiene nombre y la tempestad”.

Antígona, por otro lado, no está dispuesta a perder su nombre. Se identifica con “la pequeña Antígona”, con el mundo de la niñez. La niñez es caprichosa, es excéntrica, es “inmediatez sensorial que es la inocencia del intelecto”. Este estadio infantil se le antoja a Antígona como el único de la existencia auténtica. Antígona no quiere comprender, no quiere aprender a decir que sí, no está dispuesta a contentarse con la mediocridad, con la vida que no necesariamente se nos presenta como nos gustaría. Ella cuestiona la clase de felicidad que le ofrece el futuro, la vida adulta: “¿Qué será mi felicidad? ¿En qué mujer feliz se convertirá la pequeña Antígona? ¿Qué mezquindades tendrá que hacer día a día, para arrancar con los dientes su pedacito de felicidad? Dígame, ¿a quién deberá mentir? ¿A quién sonreír? ¿A quién venderse? ¿A quién deberá dejar morir apartando la mirada?”

Antígona también se angustia por la pérdida de su amado. Creonte le coloca delante a Antígona la perspectiva de la felicidad conyugal, el amor de su prometido, y esta afirma que, a pesar de que su afecto es sincero, “… si la vida, la felicidad de que usted habla han de pasar con él con su desgaste, si Hemón no ha de palidecer cuando yo palidezca, si no ha de creerme muerta cuando tardo cinco minutos… si ha de convertirse a mi lado en el señor Hemón, si ha de aprender a decir que sí él también, entonces ya no amo a Hemón”.

Creonte y Antígona han adoptado posiciones opuestas ante la vida. Estas dos fuerzas, estas dos voluntades de poder perfectas han decidido llevar hasta las últimas consecuencias el papel que les ha tocado representar y en la tragedia esto “afecta a una multiplicidad de terceros a los que nunca (se mirará) a la cara, a quienes no (se hallará) en el rostro de Dios y de los cuales Dios no puede responder”. La tragedia como principio motor toma el lugar de un Dios castigador, que aniquila toda hybris a su paso.

Conservando el nombre de Polinices, Antígona conserva su propio nombre. Preservando el nombre, preserva el recuerdo, el de Polinices y el propio, la cola de la lagartija, las memorias del pasado que anclan el presente. La preservación de la identidad en un marco donde lo social o lo político irrumpe, e interrumpe, la vida privada es el la cuestión que une a Antígona, John Proctor, Adela y las carmelitas. Los personajes solo pueden salvarse a costa de sí mismos y este es un precio que no están dispuestos a pagar.

Ensayo por Laura Soler.

Una de las experiencias que vivimos como grupo esta semana fue asistir a la obra ''Dejarme la Esperanza'' de Teatro UCAB. Este montaje nos permitió adentrarnos de lleno en el género de la tragedia y expandir nuestro entendimiento de la obra Antígona. A continuación, Adjuntaremos una serie de fotos tomadas por Andreina Maris, en las cuales se puede apreciar el increíble trabajo de producción realizados por el grupo de Teatro UCAB.







No comments:

Post a Comment